Vivir sin máscara

Parte 1

Dieciocho horas de un viernes lluvioso en New York. Mike saborea los últimos sorbos de un whisky escocés sentado en el sofá de su angosto apartamento en Queens. El licor suele aparecer en su mente como recurso cuando se encuentra melancólico, y hoy era uno de esos días.

No tenía planes para esa noche y eso le angustiaba. La idea de estar solo en casa observando la lluvia desde la ventana le aterrorizaba, y le sumía poco a poco en un mar de ansiedad. Sabía que sus pensamientos, a veces, le jugaban malas pasadas, pero era algo inevitable que no era capaz de controlar.

Su forma de mitigar los síntomas, era buscar planes que le hiciesen huir de ese bucle ansioso cargado de soledad y tristeza. Comenzó a enviar whatsapps a sus amigos, proponiendo un plan para esa noche, y con el móvil encima de su mesa, iba observando si los mensajes llegaban al destino y si eran contestados. A medida que recibía respuestas negativas a su plan, el nivel de ansiedad aumentaba, sintiendo una opresión en el pecho y una aceleración de su corazón que le provocaba una sensación muy angustiosa.

Mientras su frente comenzaba a empaparse de sudor, un sudor frío e intenso, derramó un poco más de whisky sobre su vaso, y su mente comenzó a dispararle recuerdos que le atormentaban aún más.

Así funcionaba Mike, era su propio saboteador, un mar de pensamientos negativos que se apoderaban de él y para lo cual sólo buscaba antídotos pasajeros que le calmasen su ansiedad y su dolor.

Cuando los efectos se difuminaban, volvía la melancolía, la tristeza, la soledad y así se volvía a repetir el mismo ritual que le tenía sumido en un infierno desde que Jenny, su ex, con la que hacía más de 1 año que no se veía, decidió decirle aquel día que la relación se había roto para siempre.

Desde ese momento, Mike ha sido una montaña rusa de emociones, buscando siempre planes que le sacasen de ese estado de soledad, y empalmando relaciones superficiales con mujeres que le recordaban a Jenny y que le provocaban aún más dolor y angustia.

Mientras seguía con su whisky y sus pensamientos, Mike recibió un mensaje de James, un amigo del instituto, proponiéndole ir a tomar algo a un pub donde ponían buena música y, con una sonrisa en la cara, le contestó que sí de inmediato.

Al llegar al pub, James le estaba esperando sentado en la barra con una cerveza irlandesa en la mano. Mike se fundió en un abrazo con James, pidió una cerveza y le dijo:

«gracias por contestarme, hoy tuve un mal día y necesitaba salir de mi maldito apartamento».

«¿Qué te ocurre Mike?, ¿sigues pensando en Jenny?»

«Para nada, debe ser que los días de lluvia me sienta mal y mi mente me pide salir de casa. Ya sabes que soy un tío fuerte y que ninguna mujer ha merecido mis lágrimas.»

«Jajaja, ¡ya lo sé!. Siempre has sido un ligón y un tipo duro, en eso te he envidiado desde que íbamos al instituto.»

Mike aprovechó entonces para empezar a contarle una anécdota de aquella época a James, cuando, de repente, algo le hizo girar la cabeza. Su cerveza se soltó de su mano de forma brusca, cayendo al suelo, y un escalofrío intenso recorrió su cuerpo de forma súbita. Mike comenzó a sentir pánico, no podía respirar por mucho que inhalaba, su corazón palpitaba acelerado como queriendo salirse del pecho, y su frente volvía a inundarse de sudor que iba cayendo por los lados de su cara.

James, sorprendido y asustado, le cogió del brazo y le preguntó: «¿qué te ocurre Mike?»

Parte 2

Los párpados aún le pesaban, y apenas podía abrir los ojos unos milímetros, espacio suficiente para poder ver como el sol entraba por la ventana. El dolor de cabeza era intenso y despertó con la boca muy seca, sin fuerzas para levantarse. Las pastillas le habían dejado bastante ko, con suficiente cantidad de lorazepam en sangre como para dormir unas horas más.

Mike había sufrido un ataque de pánico en el pub, tan intenso y devastador como nunca antes había imaginado. Pensó que se iba a morir, no era capaz de respirar y la angustia se apoderó de él de forma cruel. Esto era una novedad para él, como si el destino le tuviera preparada una sorpresa macabra ahora que había cumplido los 40.

James tuvo que llamar a urgencias, asustado al pensar que le estaba dando un ataque al corazón. La ambulancia llegó al pub y se llevaron a Mike en camilla hasta el hospital, donde le diagnosticaron el ataque severo de pánico y le enviaron a casa con una alta dosis de ansiolíticos para calmar los síntomas.

El efecto amnésico, hipnótico y sedante del lorazepam había disipado los síntomas en el cuerpo de Mike, pero el detonante que los ocasionó seguía dentro de él, con más fuerza que nunca.

Mike llevaba demasiado tiempo huyendo del dolor, buscando vías de escape que calmasen su ansiedad, pero no había tenido la motivación suficiente como para tratar de entender qué es lo que estaba ocurriendo dentro de él, y que le hacía sentir esos síntomas tan desagradables.

Vivía sometido a una máscara que le tapaba su rostro y con la que salía a diario a la calle para relacionarse con el mundo exterior. Esa máscara le hacía sentirse fuerte y poderoso frente a los demás, le convertía en un hombre atractivo para las mujeres, le dotaba de un poder que de otra forma no podría tener. Esa máscara era su protección, su puesta en escena, se sentía cómodo en una sociedad que no tolera el fracaso, la frustración y que castiga la debilidad.

Pero la máscara no era él, dentro de Mike estaba su verdadera esencia, ese Mike sensible que sufría cuando las cosas no salían como él pensaba, ese niño interior que protestaba cuando no recibía amor, cuando era criticado, cuando no le aceptaban en un grupo, cuando no tenía planes para un viernes noche.

Esa parte de Mike era la que le generaba esa ansiedad incontrolable, una parte que él no quería escuchar, a la que reprimía una y otra vez. En su mente había creado un gran sótano lleno de sensaciones desagradables y lo había cerrado con llave para conservarlas herméticas.

Tumbado sobre su cama, medio adormilado, era plenamente consciente que estaba aflorando a la superficie el verdadero Mike. Casi sin fuerzas, se levantó de la cama como pudo y se puso de pie frente al espejo de su comedor. Quería ver cómo era ese otro Mike, el que llevaba tiempo ocultando, reprimiendo. Quería comprobar qué cara tenía, como era su mirada, quería verse face to face, al natural.

Esa mirada triste no era de su agrado, él siempre se veía empoderado, con mirada desafiante y penetrante, pero había algo en su expresividad que le hacía sentirse bien, era como si estuviese empatizando consigo mismo, poniéndose en su misma piel. Había algo en él reflejandose en el espejo que le transmitía calor, como si estuviese empezando a ver más allá de su rostro, como si algo le hiciera entender que su debilidad le pertenecía y que no había nada malo en sentirse así.

Frente al espejo, mojó sus manos en agua tibia y comenzó a refrescar su rostro pálido y taciturno. Mientras lo hacía una y otra vez, en su mente empezaron a aparecer reflexiones de lo que había sido su vida.

Siempre le había aterrado la idea de verse débil frente a los demás, era frío como el hielo cuando pintaban bastos en su vida, apenas dejaba caer las lágrimas de sus ojos, era capaz de reprimir sentimientos de culpa, frustración o rabia, y se aislaba del dolor con gran facilidad.

Cuando algo no le gustaba, o se sentía atacado, huía sin mirar atrás, desaparecía sin dejar rastro, dejando de lado a muchas personas interesadas en él. Esa personalidad le había otorgado un papel de ganador en su entorno, un triunfador, un ejemplo de persona fuerte y poderosa, pero no para otras, las que le habían conocido en la intimidad, a las que demostró su incapacidad para aceptar que el dolor es parte del juego y que no es necesario huir cuando las cosas no son como esperas.

El precio que estaba pagando era muy alto, el castillo de arena que había construido durante tantos años se estaba agrietando, las relaciones esporádicas, las copas de whisky escocés, los planes con amigos ya no tenían la capacidad de mitigar los efectos de la ansiedad en su interior. La máscara se estaba resquebrajando y le estaba exponiendo al frío exterior de una forma brusca.

Había tratado de seguir aferrado a su papel de hombre fuerte, pero la presencia de Jenny en brazos de otro hombre en aquel pub, le rompió el alma en mil pedazos…

Parte 3

La voz interior de Mike era cruel y despiadada, castigandole con dureza cada vez que las cosas no salían como él pensaba. Esa voz interior era el fiel reflejo de su padre, de educación autoritaria , autoexigente y de gran frialdad. Eso explica los motivos por los que Mike tuvo que construir esa máscara, en el fondo quería ganarse el amor de su padre, a costa de huir de su verdadera esencia. Así creó una estrategia mental con la que podía conseguir todo lo que se proponía, ser aceptado por su padre, sentirse amado y reconocido a nivel social.

Ese rol de hombre fuerte y poderoso era su aliado perfecto para cubrir todas sus necesidades y así ha estado viviendo muchos años de su vida, pero claro, todo era una farsa, una mentira, y todos los halagos, las albanzas que recibía, no conseguían llegarle dentro, no penetraban en su verdadero ser. Su alma era consciente que lo que recibía del exterior era para su máscara y no para el verdadero Mike.

El Mike auténtico y genuino se sentía vacío, y ese vacío interior le provocaba un dolor intenso y profundo, que poco a poco iba acumulándose hasta empezar a golpear su cuerpo físico con tanta energía que, la única forma de darle una señal de alarma era en forma de ansiedad.

La ansiedad generaba que Mike se empeñase en buscar la forma de mitigar ese dolor, saliendo a la calle con su máscara para buscar más halagos, más conquistas, más logros, con los que seguía sin poder rellenar ese vacío interior que continuaba manifestándose en su cuerpo. Cuando volvía a parecer la ansiedad, regresaba a buscar fuera el calmante y el vacío interior se agrandaba más y más.

Jenny ha sido la única mujer de la que se ha enamorado de verdad, por la que ha sentido un amor intenso, verdadero. Con ella sacó a relucir el verdadero Mike, ese hombre sensible, capaz de dar mucho amor y de seducir desde su esencia. Al principio de la relación, le escribía cartas de amor, le expresaba todo lo que sentía dentro, le miraba con dulzura, le hacía sentirse protegida, escuchada, amada, y ella se enamoró profundamente de él.

Pero la máscara de Mike se fué encargando poco a poco de sabotear esa relación, sacando a la luz el miedo al sufrimiento, al abandono, el pánico a mostrar debilidad, a sentirse vulnerable frente a ella. Ese miedo fue más poderoso que la capacidad de amar de Mike.

Mike se se sentía cómodo, desde el control. Sus emociones, sus sentimientos eran dosificados según su criterio y todo estaba bajo su mando, en el lugar donde él sabía que era de su agrado. Una relación donde Jenny se fué sintiendo cada vez más manipulada, y más sometida a la falsa identidad de Mike, y éste fue el principal motivo por el que ella decidió poner fin a la relación a pesar de seguir enamorada de él.

Esa decisión dejó a Mike muy tocado, con la sensación de vacío interior muy acentuada y cuyos efectos, lejos de irse aplacando con el paso de los meses, seguían anidando en él de forma intensa y se veía incapaz de mitigar.

Los intentos de tapar con parches ese dolor nunca eran suficientes. A sus amigos les mostraba esa cara fuerte de hombre seguro de sí mismo e incapaz de derramar una lágrima por la ruptura con Jenny, sin embargo, en la soledad de su apartamento, la ansiedad cada vez se manifestaba con mayor frecuencia en el cuerpo de Mike.

Asi pasó varios meses, hasta que el ataque de pánico en el pub le rompió por dentro. Su máscara no estaba preparada para soportar ver a Jenny con otro hombre. El verdadero Mike seguía profundamente enamorado de ella, y ese sentimiento llevaba tiempo queriendo salir del sótano donde Mike lo había guardado con llave.

Mike sólo tenía la opción de salir de ese personaje en el que estaba inmerso, quitarse esa máscara que le causaba tanto dolor y comenzar a ver la vida desde otro prisma. Exponerse al exterior sin esa máscara de protección iba a ser algo difícil de asimilar, pero no le quedaba otra opción. El ataque de pánico le había mostrado claramente lo que le esperaba si no comenzaba a mostrar su otra cara, sin filtros, sin capas.

Así comenzó Mike su proceso de cambio, sin prisas pero con el camino marcado con detalle. Debía aprender a vivir sin máscara, someterse al veredicto de la vida sin protección y el destino, como el karma, le tenía preparada una sorpresa inesperada.

Final

Mike subía las escaleras de madera que le llevaban al estrado entre aplausos y con un sigilo que le permitía disfrutar el momento con una felicidad máxima. Sentía qué estaba donde quería estar y eso le dotaba de una satisfacción interior que sólo él podría entender.

Esbozó una inmensa sonrisa, miró a ambos lados con aires de emoción y, con los ojos lacrimosos se dirigió a los asistentes, una vez que los aplausos cesaron:

Hace 3 años sufrí un ataque de pánico, fue algo que no había sentido en mi vida, aunque supe que llevaba tiempo creándose dentro de mí hasta que decidió salir cual lava de un volcán en erupción. Y he de decir, que fue uno de los momentos más maravillosos de mi vida.

Y lo fue porqué sin él, hoy no estaría aquí, delante de tanta gente estupenda, encima de éste estrado.

De no haber tenido ese ataque de pánico, hubiese seguido siendo el Mike que no quería ser, llevando una vida basada en la huida del dolor, autosaboteando todo aquello que me pudiese hacer sufrir, dejando de lado todo lo que pudiese abandonarme, levando esa pesada máscara que me tenía encerrado en mi mismo y sintiéndome perdido y con un gran vacío en mi interior que siempre trataba de tapar sin éxito.

Pero no fue ese mi camino, la vida se encargó de marcarme otro rumbo, y ese ataque de pánico en un pub de New York, una noche lluviosa de viernes, cambió mi vida para siempre.

Me hizo ver la vida desde el dolor, justo desde el prisma al que no dejaba que mi cuerpo apenas ni se acercase. Desde allí pude ver realmente quién era Mike, y empecé a valorar de forma más precisa todo lo que tenía dentro.

Desde el dolor empecé a quererme, sin filtros, a sentirme orgulloso de mi, a responsabilizarme de todas mis emociones, a observarme desde afuera, desde la lluvia de la calle como la protagonista del relato «El reflejo en el cristal».

Y poco a poco, el dolor fue amainando, haciéndose cada vez más pequeño, más llevadero. Había aprendido a vivir sin máscara, a atravesar esa barrera tan dura del miedo al abandono, a convivir con las negaciones de mis propios sentimientos que me habían acompañado toda la vida.

Cuanto daño me hice a mi mismo, qué cruel fui, cuánto tiempo malgasté enfrascado en batallas inútiles. Ese ataque de pánico me hizo tocar fondo, pasé meses bajo los efectos de los ansiolíticos, sin ganas de ver a nadie, con la mirada triste, con la sensación de tener que volver a empezar a vivir una nueva vida para la que no estaba preparado. Fueron momentos muy duros, pero sólo en esas situaciones es cuando te das cuenta de lo que eres capaz de mejorar como persona.

Y entonces llegaron las buenas noticias, porque cuando comienzas a sentirte bien contigo mismo, todo se alinea, y aparecen de la nada, las verdaderas cosas bonitas que nos ofrece la vida. Es el karma, esa fuerza del universo que te premia cuando haces las cosas bien y te castiga cuando lo haces mal. Y el karma comenzó a premiarme…

Apareció la oportunidad de dar clases en la Universidad, de comenzar un proyecto de investigación por el que hoy recibo un premio del que estoy muy orgulloso, apareció la empatía con mi padre, al que siempre había tratado con rencor y culpa, aparecieron amigos de la infancia con los que había perdido el contacto por culpa de absurdos conflictos con el Mike enmascarado, y lo más importante, apareció el gran amor de mi vida, la mujer con la que hoy comparto mis alegrías, mi mejor amiga, mi amante, mi confidente, mi compañera de sueños, de ilusiones, mi más preciado tesoro.

Jenny, la mujer a la que perdí por ser un falso Mike, y a la que tras la ruptura traté de olvidar, oculto bajo esa máscara de orgullo, empeñandome en negarme a mí mismo los sentimientos que tenía hacia ella. La perdí y ni siquiera me permití tratar de luchar por ella, de recuperar su amor, hasta que la ví en brazos de otro hombre y comencé el proceso que os acabo de contar.

Pero el Karma nos volvió a unir por casualidad, y ella ya no volvió a ver a ese Mike al que abandonó. Dicen que en la vida lo que tiene que ser siempre será, por mucho que nos empeñemos en que no sea, y yo, que me empeñe en perder lo que más quería, la vida se encargó de devolvermelo al ver que ya estaba preparado para amar sin miedos.

Vayan a casa, diganle a su pareja o a sus seres queridos lo que sienten, abracen, besen, muestrense como realmente son, sin miedos, pidan perdón, dejen atrás el orgullo, vivan realmente la vida que desean, con todo lo que tienen dentro, con su esencia, ¡vivan sin máscara!.

© Óscar Cebollero. Todos los derechos reservados.

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