La encrucijada

París, cafetería en Place Dauphine. Pierre inhalaba el humo de su cigarrillo que iba expulsando contra la lámpara de la mesa, una lámpara que le recordaba el amor de su abuela cuando la visitaba y a la que no paraba de mirar mientras buscaba explicaciones. Todavía no entiendía bien la reacción de Judith. Todo había sido muy romántico, había preparado una cena deliciosa, charlaron distendidamente y bebieron buen vino. En un momento de la velada, Pierre notó que Judith cambió la mirada y que se volvió algo fría y distante. Aún no queriendo darle importancia, él sabía que su rostro delataba que algo perturbador dentro estaba ocurriendo. El «gracias por la cena, todo ha estado delicioso pero me tengo que ir, no me encuentro bien» no tardó en llegar y el coche de Judith, perdiéndose calle abajo, es la última imagen que Pierre tenía de ella.

Mientras fumaba, no paraba de mirar el perfil de whatsapp de Judith, al lado del mensaje «buenos días, espero te encuentres mejor» solo veía un tick, ni siquiera le había llegado el mensaje y ya eran las 18h de la tarde. Pierre no dejaba de buscar una explicación razonable que le diese algo de sosiego, pero no la encontraba. Ella siempre había sido muy sincera y comunicativa con él, pero en esta ocasión, todo era un mar de dudas. Y eso era lo que perturbaba a Pierre, tan poco acostumbrado a la incertidumbre. Terminó su café y su cigarrillo, se levantó de la mesa, y con su mano derecha golpeó fortuitamente la lámpara, cayendo al suelo. La lámpara rota sobre los adoquines le dejó un malestar en el estómago, como si hubiese roto un recuerdo de amor verdadero, y con la mirada triste, se fue a casa a esperar noticias de la mujer que ocupaba su corazón. Y las noticias no tardaron en llegar.

Pierre miraba fijamente a la terraza de la cafetería sentado en un banco del parque. Ella difícilmente podría verle por la ubicación del sol, pero él a ella si. Judith tomaba con tranquilidad una taza de café con sus gafas de sol y su elegante sombrero, mientras ojeaba algunas páginas de Le Monde, sin saber que al otro lado de la calle, en un banco de madera, Pierre la observaba con tranquilidad.

Allí sentado, estaba inmerso en una encrucijada. Por una parte, su mente observaba a Judith sabiendo que la relación con ella había acabado y ya no había vuelta atrás, pero dentro de él, habitaba su cuerpo emocional, y éste, al volver a ver a Judith, seguía creando las mismas emociones de antes, sin aceptar los mensajes que recibía de su mente, queriendo estar con ella. Su forma de protestar, no era otra más que generar emociones de vacío y pérdida por no tener lo que anhelaba.

Pierre, se repetía a sí mismo que la relación estaba rota, que Judith ya no iba a volver y que las emociones que sentía eran producto de un deseo de su cuerpo emocional que no se cansaba de pedirle volver con ella, anhelando, sobretodo, lo que ella le hizo sentir, queriendo seguir en ese mar de emociones, sin entender el porqué ya no. Judith, se levantó de la mesa y se fue caminando por la calle mientras Pierre, observaba cómo se alejaba con lágrimas en los ojos.

Pierre acababa de salir de la oficina, encendió un cigarrillo y comenzó a caminar hasta su casa. Hoy no le apetecía coger el metro, prefería pasear. Hacía una tarde fantástica en París y el ambiente en las calles era un soplo de aire fresco tras una larga jornada de reuniones.

Mientras caminaba, pensaba en estos 4 meses que habían pasado, afrontando el dolor de la ruptura con Judith. Ese frío y duro mensaje -necesito estar sola, no quiero que me molestes, espero respetes mi decisión- fue un duro golpe para Pierre, que tuvo entonces que aceptar que todo se había acabado y que debía empezar a sentir el dolor del abandono y del rechazo, sin una simple explicación. Pero eso ya era pasado para él, ahora se sentía recuperado, con fuerzas renovadas y decidido a pasar página y volver a enamorarse de nuevo.

Al llegar a la puerta de su casa, un golpe en el estómago le sorprendió, al ver el coche de Judith en la puerta y a ella esperando su encuentro. -Hola Pierre-. le dijo, con los ojos llorosos y la mirada triste. Pierre, algo desencajado, solo pudo decir -Hola Judith, ¿cómo estás?-. Judith, con la voz algo entrecortada, presa de la emoción y en un mar de lágrimas… -quería pedirte perdón por haberme ido así de tu vida, has sido una persona muy importante para mi y no merecías mi reacción. Quería decirte que lo he hecho para que no me vieses sufrir. La enfermedad se presentó de forma cruel y he tenido que luchar en silencio. La vida, a veces, es una encrucijada, y yo tomé la decisión de perderte para ganarte, quiero que siempre me recuerdes como la Judith enamorada de tí, que te admiraba, y que hubiese vivido siempre a tu lado de no ser porque la vida me tenía preparado un final demasiado apresurado. Te amo Pierre y siempre te amaré-. Judith se metió en el coche y se fué calle abajo…

© Óscar Cebollero. Todos los derechos reservados.

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